jueves, 26 de febrero de 2015

La Muerte y la Resurrección. (Parte 2)


Se han adelantado otros argumentos en favor de la inmortalidad del alma, basadas en la Biblia, pero que no encuadran en la categoría de los pasajes citados arriba, sino más bien pretenden ser deducciones de principios bíblicos. Puede ser provechoso examinar algunos de estos argumentos antes de seguir adelante.

No hay paz, dice mi Dios, para los impíos.” (Isaías 57:21).

Esta declaración se cita para probar que existe el tormento de los inicuos. Indudablemente no se necesita ningún argumento para mostrar que no sirve en absoluto para tal propósito. La declaración es verdadera, sin importar la teoría que se pueda tener referente al destino de los inicuos. Mientras los inicuos viven, ya sea en esta vida o después de la resurrección, no hay paz para ellos. Es imposible que puedan tener paz, sobre todo porque están esperando el tiempo en que serán objeto de la venganza judicial y devoradora de Dios. Pero esto no demuestra (como se pretende que lo hace) que son inmortales. Semejante idea queda totalmente excluida por los pasajes anteriormente citados.

La aparición de Moisés y Elías en el Monte de la Transfiguración

Por lo que respecta a Elías, está testificado que no vio la muerte, sino que fue trasladado o llevado corporalmente (2 Reyes 2:11). Su aparición, por lo tanto, no sería prueba de la existencia de espíritus incorpóreos. En cuanto a Moisés, si estuvo presente en forma corporal, previamente debió haber sido levantado de entre los muertos. Que él se manifestó en forma corporal es evidente por el hecho de que los discípulos, hombre mortales, lo vieron y lo reconocieron. Pero queda en duda si Moisés o Elías estuvieron literalmente presentes. El testimonio es que las cosas vistas fueron una "visión" (Mateo 17:9). Y por Hechos 12:9 aprendemos que la visión es lo opuesto a la realidad, esto es, algo visto a la manera de un sueño, algo aparentemente real, pero en realidad sólo mostrado en visión al espectador. La audibilidad de las voces no resuelve el asunto ni para un lado ni para el otro, porque en visión, como en un sueño, se pueden oír voces que no existen, salvo en los nervios auditivos del vidente.

En los sueños, la ilusión es el resultado de desorden funcional; en visión, es el resultado de la voluntad activa de Dios, que obra sobre la estructura auditiva del vidente que se halla en trance (ver Hechos 10:13; también el cántico de los seres vivientes del Apocalipsis y la voz de las "almas" bajo el "altar"). La presencia de Jesús (un personaje real) como uno de los tres tampoco contribuye mucho a hallar una solución, porque no habría ninguna imposibilidad en causar que Moisés y Elías aparecieran en visión a Jesús y conversaran con él. Es probable que Moisés y Elías hayan estado efectivamente presentes, pero el uso de la palabra "visión" desequilibra un poco el asunto. En ningún caso se puede interpretar la transfiguración como una prueba de la inmortalidad del alma. Fue sin duda una ilustración gráfica del reino, en cuanto representaba a Jesús en su poder y gloria consumados, exaltado sobre le ley (representada por Moisés) y los profetas (representados por Elías) y por lo tanto, elevado a la posición que los profetas señalan, cuando a la cabeza de la nación de Israel y de toda la tierra, él cumplirá la predicción de Moisés y el mandato de la voz celestial: “A él oiréis en todas las cosas que os hable.”(Hechos 3:22); “…… a él oíd.” (Mateo 17:5).

La resurrección

Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.” (Mateo 22:32). Si el creyente tradicionalista sacara una conclusión lógica de esta declaración, percibiría que en vez de probar la realidad de la inmortalidad del alma, establece indirectamente lo contrario. Reconoce la existencia de una clase de seres humanos que no están "vivos" sino "muertos." ¿Quiénes son? Según la teoría popular, no hay “muertos” en lo que a la raza humana se refiere; todo ser humano vivirá para siempre. No puede sugerirse que significa “muertos” en el sentido moral porque esto queda expresamente excluido debido al tema que Jesús está tratando: la resurrección de los cuerpos muertos de la tierra (versículo 31).

Los saduceos negaban la resurrección. Cristo demostró la realidad de ella citando las palabras de Jehová registradas por Moisés: “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.” ¿Cómo dedujo Jesús la resurrección de estas palabras? Afirmando que Dios no era el Dios de aquellos que estaban muertos en el sentido de estar extinguidos (ver Salmos 49:18-19). Pero, debido a que Dios se llamó a sí mismo el Dios de tres hombres que estaban muertos, Jesús razonó que Dios pensaba resucitarlos; porque Dios “llama las cosas que no son (pero que han de ser) como si fuesen.” (Romanos 4:17). Los saduceos entendieron la idea del argumento, lo cual los dejó callados.

Pero si, como se afirma por lo general, el significado de “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos” fuese que Abraham, Isaac y Jacob estaban vivos, entonces el argumento de Cristo para probar la realidad de la resurrección de los muertos queda destruido. Porque si se afirmara que Abraham, Isaac y Jacob estaban vivos, ¿cómo podría esto demostrar el propósito de Dios de resucitarlos? El argumento mismo requiere que estén muertos, a fin de ser partícipes de la resurrección. De este modo, el hecho de que están muertos en la ocasión en que Dios se llama Dios de ellos, implica que tiene el propósito de resucitarlos. Pero si se rechaza la realidad de que están muertos, como la rechaza la teología popular al decir que eran inmortales y que no podían morir, la idea principal del argumento de Cristo queda completamente destruida. Visto de la otra manera, el argumento es irresistible y nos explica por qué dejó a los saduceos callados; veamos otra cuestión:

Sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos.” (Mateo 18:10).

¿Cuáles ángeles? Los ángeles “de estos pequeños que creen.” (Mateo 18:6). Es costumbre identificar los términos “espíritus” y “ángeles” como sinónimos y creer que la expresión “sus ángeles” se refiere a los “pequeños” mismos; pero esta es una suposición en tan completo desacuerdo con el sentido del caso así como con el significado de las palabras, que no merece respuesta alguna. Los “pequeñitos” son aquellos que “reciben el reino de Dios como un niño” (Marcos 10:15) y “sus ángeles”, son los ángeles de Dios que supervisan los intereses de él: “El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen.” (Salmos 34:7). “¿No son todos (los ángeles) espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación.” (Hebreos 1:14)? Esta es una buena razón para que procuremos “no despreciar a uno de estos pequeñitos”; pero si adoptamos la versión popular que hay sobre el asunto, entonces la razón se desvanece: “Mirad que no menospreciáis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus espíritus redimidos están en los cielos.” Esto encerraría una paradoja. No obstante, sin esto, la prueba de la inmortalidad del alma que algunos ven en este pasaje, no podría hallarse en parte alguna.

En el camino de la justicia está la vida; y en sus caminos no hay muerte.” (Proverbios 12:28).

Esto se cita algunas veces para probar que, en lo que respecta a los justos en todo caso, no existe ni siguiera extinción momentánea del ser. Si el pasaje demuestra esto, también establece lo inverso, es decir, que en el camino de la injusticia está la muerte; y que en sus caminos no hay vida. Las estipulaciones de una proposición afirmativa, tienen el mismo valor en una negativa. De ahí que si este pasaje prueba la inmortalidad literal de los justos, también prueba la mortalidad literal de los inicuos, lo cual es más de lo que aquellos que usan este argumento están dispuestos a aceptar. El pasaje corrobora la proposición de que la Biblia está contra la doctrina de la inmortalidad del alma.
Y no temáis a los que matan el cuerpo, más el alma no pueden matar.” (Mateo 10:28).

Este es el gran triunfo del defensor tradicionalista. El cree que aquí pisa terreno seguro y recita el pasaje con un énfasis que no pone al citar otros pasajes. Sin embargo, por lo general canta victoria demasiado pronto. Comienza a comentar antes de terminar de leer el versículo. Con regocijo pregunta por qué no se ha citado antes este pasaje y otras cosas por el estilo. Si le pedimos que continúe leyendo el versículo y no lo deje a medio terminar, no lo hace de muy buena gana; sin embargo, continúa leyendo aunque sea a regañadientes y tropieza con la parte final: “Temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.”

Al percibir instantáneamente el desastre que esta parte de la exhortación de Cristo produce en su teoría del alma inmortal e imperecedera, él sugiere que en este caso “destruir” significa “afligir” o “atormentar”. Pero esto carece de fundamento. En realidad, nunca un teórico en apuros ha aventurado una sugerencia más endeble que esta. En todos los casos en que se usa “apollumi” (la palabra griega traducida aquí como “destruir”), es imposible descubrir la menor insinuación de la idea de aflicción o tormento. Añadimos a continuación algunos ejemplos de la forma en que la palabra “apollumi” ha sido traducida en el Nuevo Testamento: “Herodes buscará al niño para matarlo.” (Mateo 2:13); “… tuvieron consejo contra Jesús para destruirle.” (Mateo 12:14); “… a los malos destruirá sin misericordia.” (Mateo 21:41); “... destruyó a aquellos homicidas.” (Mateo 22:7); “… persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás y que Jesús fuese muerto.” (Mateo 27:20); “… ¿has venido para destruirnos?" (Marcos 1:24); “… le echa en el fuego y en el agua para matarle.” (Marcos 9:22); “… y destruirá a los labradores.” (Marcos 12:9); “¿Es lícito en día de reposo hacer bien, o hacer mal? ¿Salvar la vida o quitarla?” (Lucas 6:9); “… el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres.” (Lucas 9:56); “… y vino el diluvio y los destruyó a todos.” (Lucas 17:27); “… llovió del cielo fuego y azufre y los destruyó a todos.” (Lucas 17:29); “… y los principales del pueblo procuraban matarle.” (Lucas 19:47); “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir.” (Juan 10:10); “No hagas que por la comida tuya se pierda.” (Romanos 14:15); “… destruiré la sabiduría de los sabios.” (1 Corintios 1:19); “… y perecieron por el destructor.” (1 Corintios 10:10); “… derribados, pero no destruidos.” (2 Corintios 4:9); “Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar y perder.” (Santiago 4:12); “… después destruyó a los que no creyeron.” (Judas 5).

En todos estos casos, la palabra griega “apollumi” tiene un significado muy diferente de “afligir” o “atormentar”. El lector sólo tendrá que sustituir cualquiera de estas palabras en cualquiera de los pasajes citados para ver cuán ilógico sería semejante cambio. Si en todos los demás casos la palabra griega “apollumi” tiene su significado natural de destruir o matar ¿por qué se le debe asignar un significado especial en Mateo 10? Ninguna razón se puede dar fuera de la ya indicada, esto es, la de la necesidad de la teoría del creyente tradicionalista. Esta no es en absoluto una buena razón y, por lo tanto, la echamos a un lado y averiguamos lo que Jesús quiso decir al exhortar a sus discípulos así:

Y no temáis a los que matan el cuerpo, más el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.”

Contestamos que la “vida”, en abstracto, que es el equivalente de la palabra traducida “alma”, es indestructible. Pero la vida no es el hombre mismo ni le sirve de nada si no le es dada. El propósito de Dios es devolver la vida a aquellos que le obedecen y devolverla a perpetuidad. Esto constituye la esencia de la declaración que estamos considerando. No hemos de temer a aquellos que sólo pueden demoler el cuerpo corruptible del creyente, pero no pueden hacer nada para impedir que Dios le dé vida eterna en el futuro por medio de la resurrección. Hemos de temer a aquel que tiene poder para destruir tanto el cuerpo como el alma (vida) en la Gehena; es decir, en la retribución venidera por medio de una destructiva manifestación de fuego, que consumirá totalmente a los impíos delante del Señor. Hemos de temer a Dios, que tiene el poder de aniquilar completamente y que usará su poder sobre todos aquellos que sean indignos de la vida eterna. No hemos de temer a quiénes no pueden hacer más que apresurar la disolución a la cual estamos sujetos por causa de Adán.

Es Errónea la Creencia Popular sobre el Cielo y el Infierno

Esto se desprende como conclusión de lo ya expresado. Si los muertos están realmente muertos, en el sentido absoluto expuesto en este capítulo, naturalmente no pueden haber ido a ningún estado de recompensa o castigo, porque no están vivos para poder ir, ni mucho menos ser conscientes de dicha retribución y por lo que bien podríamos dejar el asunto aquí, como una conclusión inevitable de las premisas establecidas; pero su importancia justifica que continuemos con el tema. La creencia que estamos tratando no sólo es errónea al suponer que los muertos van a lugares tales como el popular cielo o infierno, inmediatamente después de la muerte, sino también al creer que en alguna ocasión vayan allí.

De acuerdo con la enseñanza religiosa actual, el lugar de la recompensa final es una región que se halla más allá de las estrellas, en el punto más remoto del universo de Dios “allende los dominios del tiempo y el espacio”. Las ideas que se presentan referentes a la naturaleza de este lugar son muy vagas. Toman su forma de conceptos terrenales. De ahí que se habla de “las llanuras de los cielos”. En estas “llanuras”, por lo general, se representa a los habitantes cantando un perpetuo himno de alabanza. Se supone que su número está constantemente aumentando con integrantes llegados de la tierra “acá abajo”. Un hombre muere y, según la idea tradicional, su alma liberada vuela con inconcebible rapidez a los dominios de lo alto, donde queda instalada sin peligro, en tanto sus amigos en la tierra se consuelan con la idea de que los muertos “no están perdidos, sino que se han ido antes que nosotros”. Los amigos consideran que ellos están mejor en aquella “feliz región”, allá lejos de lo que fueron en este valle de lágrimas.

Sin duda, si fuese cierto que se fueron a una tierra feliz, la sola idea de tal estado sería consoladora. Sea cierto o no, deberá parecer a toda mente reflexiva como un elemento extremadamente discordante el que los justos, después de disfrutar de años de felicidad celestial, tengan que dejar el lugar de su arrobamiento al llegar el día del juicio, descender a la tierra y volver a entrar en sus cuerpos para ser procesados ante el tribunal eterno. ¿Para qué se llevará a cabo este juicio “según sus obras”? Parece natural suponer que la admisión al cielo la primera vez es prueba de la idoneidad y aceptación de los que fueron admitidos, ¿por qué, entonces, el juicio posterior? En tal caso dicho juicio parece una burla. La misma observación se aplica a aquellos que se supone han ido al lugar de miseria.

¿Cuál es la solución para esta perturbadora incongruencia? Se puede hallar en el reconocimiento de que toda la idea de ir al cielo de la religión popular carece de fundamento. Esta ida al cielo es una especulación totalmente gratuita. No hay ni una sola promesa en la totalidad de las Escrituras que justifique tal esperanza. Sin duda hay frases que, para una mente previamente indoctrinada con tal idea, parecen favorecerla; por ejemplo, las usadas por Pedro: “… para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros.” (1 Pedro 1:4), de lo cual también tenemos una ilustración en las palabras de Cristo: “Porque vuestro galardón es grande en los cielos.” (Mateo 5:12); y sobre todo en su exhortación: “Haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen y donde ladrones no minan ni hurtan.” (Mateo 6:20).

Pero el apoyo que estas frases aparentemente proporcionan a la idea popular, desaparece totalmente cuando nos damos cuenta de que expresan un solo aspecto de la esperanza cristiana, su aspecto actual. La salvación de Dios no está ahora sobre la tierra; en verdad, todavía no es un hecho cumplido en ninguna parte, excepto en la persona de Cristo. Tan sólo existe en la mente divina como un propósito y, en detalle, ese propósito está especialmente relacionado con aquellos a los cuales Jehová, en su divina presciencia, considera como salvos y de quienes se dice que sus nombres están “escritos en el libro”, esto es, inscritos en el “libro de memoria delante de Él.” (Malaquías 3:16). Por lo tanto, el único lugar de recompensa en la actualidad, está en el cielo, adonde el ojo instintivamente se dirige como la fuente de su manifestación. Este es especialmente el caso cuando se toma en cuenta que Jesús, la promesa de esta recompensa y su germen mismo, está en el cielo. Estando él allí, el cual es nuestra vida, la herencia incontaminada está actualmente allí; porque existe en él en propósito, en garantía y en germen.

En la actualidad nuestra salvación no tiene ninguna clase de existencia en ninguna otra parte, sino que está en el cielo en reserva, eso es, “reservada en los cielos” como lo expresa Pedro. Cuando algo está reservado implica que cuando se necesite se sacará a luz. Y así es como Pedro habla en el mismo capítulo. Él dice que la salvación que está reservada en los cielos es una “gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado.” (1 Pedro 1:13). En capítulos posteriores, veremos que no se confiere sobre ninguno sino “cuando Jesucristo sea manifestado” y de quien se dice que “su recompensa viene con él.” (Isaías 40:10; Apocalipsis 22:12). Las frases mencionadas indican de manera general que la salvación procede del Señor; y como el Señor está en el cielo, procede del cielo; y como la salvación aún no se manifiesta, se puede decir correctamente que en la actualidad está en el cielo. Pero, sobre la pregunta específica de si los hombres van o no al cielo, la evidencia bíblica muestra terminantemente que a ningún hijo de la raza de Adán se le ofrece entrada a los santos e inaccesibles dominios donde mora Dios. Dios “habita en luz inaccesible” (1 Timoteo 6:16). Cristo declara enfáticamente:

Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo.” (Juan 3:13).

En conformidad con esta declaración, no tenemos registro en las Escrituras de ninguno que haya entrado en el cielo. Elías fue quitado de la tierra; lo mismo se le ocurrió a Enoc, pero la declaración de Cristo nos prohíbe suponer que fueron llevados a “los cielos de los cielos”, los cuales son de Jehová (Salmos 115:16). La declaración de que fueron “al cielo”, no implica necesariamente que fueron a la morada del Altísimo. La palabra “cielo” se usa en sentido general para designar el firmamento que está arriba de nosotros, que sabemos es una ancha expansión, mientras que la expresión “los cielos de los cielos” se refiere a la región habitada por Dios. Si se preguntase ¿dónde está ese lugar?, la respuesta sería: nadie lo sabe; porque no hay ningún testimonio sobre el tema, aparte del de Cristo, que demuestra que ellos no fueron al cielo referido por él.

Y en especial es cierto que no hay evidencia en las Escrituras de ningún muerto que haya ido al cielo. El texto bíblico expresa todo lo contrario: que los muertos están en sus sepulcros, sin saber nada, sin sentir nada, esperando aquel llamado que los sacará del olvido por medio de la resurrección. De David se afirma específicamente que no se trasladó al cielo, lo que en los sermones fúnebres se afirma de toda alma justa. Y recuérdese que David era un hombre conforme al corazón de Dios y en consecuencia, seguramente habría sido recibido en el cielo al morir, si tal creencia fuese cierta. Pedro dice:

Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David que murió y fue sepultado y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy...Porque David no subió a los cielos.” (Hechos 2:29; 34)

Esto es suficientemente claro. Pero si Ud. dice que Pedro está hablando del cuerpo de David, entonces eso demuestra que Pedro reconocía que el cuerpo de David era David mismo y la vida que salió de él era la propiedad de Dios, la cual volvía a su Dueño. También Pablo habla de la “grande nube de testigos” que han fallecido, los fieles santos de la antigüedad, de quienes se supone que están delante del trono de Dios, heredando las promesas. Y nos dice:

Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros.” (Hebreos 11:39-40).

Consultemos ahora en las Escrituras aquellos casos en los cuales se ofrece consuelo con respecto a los muertos. Ud. conoce las doctrinas en las cuales los maestros religiosos de hoy en día hacen hincapié con tan peculiar urgencia, cuando tienen que disertar sobre los que han muerto, tal como en los sermones fúnebres, con el objeto de “aprovechar la ocasión”. Encontrará un gran contraste entre éstos y los casos bíblicos de consuelo referentes a los muertos. Cuando Marta le dijo a Jesús que Lázaro estaba muerto, él no respondió que Lázaro estaba mejor donde ahora estaba, sino que lo que dijo fue esto: “Tu hermano resucitará.” (Juan 11:23).

Cuando la muerte se había llevado a algunos de los creyentes tesalonicenses, los sobrevivientes, que evidentemente habían contado con vivir hasta la venida del Señor, quedaron muy entristecidos. En tal circunstancia, Pablo escribe escribió para consolarlos. Si un maestro de hoy en día hubiese tenido la obligación de decir unas palabras, ¿qué es lo que habría expresado? ¿Quizás algo parecido a esto?: “Deben regocijarse, amigos míos, por los que han muerto, porque se han marchado a la gloria. Están libres de las aflicciones y penurias de esta vida y han avanzado a una bienaventuranza que nunca podrían experimentar en este valle de lágrimas. Uds. demuestran egoísmo al lamentarse; más bien debieran estar contentos de que ellos hayan alcanzado el cielo de eterno descanso.”

Pero, ¿qué dice Pablo? ¿Les dice que sus amigos están felices en el cielo? Esto era la ocasión para decirlo si fuese cierto; pero no, pues sus palabras son estas:

Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron con él. Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor, que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.” (1 Tesalonicenses 4:13-18).

La segunda venida de Cristo y la resurrección son los acontecimientos a los cuales Pablo les indica que dirijan su mente en busca de consuelo. Si fuese cierto que los justos van a su recompensa inmediatamente después de morir, ciertamente Pablo habría ofrecido tal consuelo en vez de referirse al remoto y (según la opinión tradicional), comparativamente, poco atractivo acontecimiento de la resurrección. El que no lo haya hecho, es prueba circunstancial de que no es cierto. La tierra que habitamos es el escenario en el cual se manifestará la gran salvación de Jehová. Aquí, después de la resurrección, se conferirá la recompensa y se disfrutará de ella. No hay ninguna verdad más claramente establecida que esta mediante el lenguaje específico del testimonio bíblico. El Antiguo y el Nuevo Testamento concuerdan. Salomón declara:

Ciertamente el justo será recompensado en la tierra.” (Proverbios 11:31).

Cristo dice esto:

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.” (Mateo 5:5)

En Salmos 37:9-11, el Espíritu hablando a través de David, dice lo siguiente:

Porque los malignos serán destruidos, pero los que esperan en Jehová, ellos heredarán la tierra. Pues de aquí a poco no existirá el malo; observarás su lugar y no estará allí. Pero los mansos heredarán la tierra y se recrearán con abundancia de paz.”

Se puede sacar alguna confirmación de la siguiente promesa a Cristo, de la cual su pueblo es coheredero con él:

Te daré por herencia las naciones y como posesión tuya los confines de la tierra.” (Salmos 2:8)

Al celebrar la cercana posesión de esta gran herencia, se hace referencia a los “redimidos” mediante el siguiente cántico:

Y cantan una canción nueva y dicen: “Eres digno de tomar el rollo y de abrir sus sellos, porque fuiste degollado y con tu sangre compraste para Dios personas de toda tribu y lengua y pueblo y nación, 10 e hiciste que fueran un reino y sacerdotes para nuestro Dios, y han de reinar sobre la tierra”.” (Apocalipsis 5:9-10)

Y el fin de la actual dispensación se anuncia con estas palabras:

Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos.” (Apocalipsis 11:15)

Finalmente, el ángel del Dios Altísimo, al anunciar al profeta la misma consumación de cosas, dice:

“... y que el reino, el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino eterno; y todos los dominios le servirán y obedecerán." (Daniel 7:27)

No es necesario el profundizar en el tema específico de estos pasajes de la Escritura en cuanto al reino de Dios, el cual será considerado más adelante, pues es suficiente señalar que los textos citados claramente demuestran que es sobre la tierra donde hemos de esperar el cumplimiento del programa divino de acontecimientos, tan claramente revelado en las Escrituras de verdad y que dará como resultado “gloria a Dios en las alturas y en la tierra, paz y buena voluntad para con los hombres.” (Luc. 2:14).

El Destino de los Inicuos

Si buscamos información sobre esta cuestión en los sistemas religiosos actuales, vemos que se nos habla de un insondable abismo de fuego, lleno de espíritus malignos de forma horrible, en el cual están reservados los más refinados tormentos para aquellos que disgustaron a Dios, mientras se hallaban en su estado mortal. En el primer plano de este espeluznante cuadro, veremos maldicientes demonios burlándose de los condenados: hombres y mujeres retorciéndose las manos en eterna desesperación; y un fustigante océano de tinieblas, fuego y horrible confusión, expandiéndose por todos lados y bajando hasta la más grande profundidad. ¡Se nos dirá que Dios, en sus eternos consejos de sabiduría y misericordia, ha decretado este espantoso triunfo de la maldad!

Pero ¿creemos realmente eso? Y es que hay ciertas verdades elementales, que por una lógica casi intuitiva, excluyen la posibilidad de que esto sea cierto. Si Dios es el Ser misericordioso de orden, justicia y armonía que enseñan las Escrituras ¿cómo es posible que, con toda su presciencia y omnipotencia, amén de su justicia y misericordia, permita que las nueve décimas partes de la raza humana lleguen a existir sin tener otro destino que el de la tortura? Por lo que en lugar de creer semejante doctrina, no son pocos los que rechazan la Biblia del todo y aún más allá, eliminan a Dios de entre sus creencias buscando refugio en las tranquilas pero tristes doctrinas del racionalismo. Muchos son impulsados a esto al no saber, desafortunadamente, que la Biblia no es responsable de tal doctrina, pues esta no es otra cosa que una ficción pagana. Debiera saberse, para el consuelo de todos los que han quedado perplejos ante tan terrible dogma y que sin embargo han vacilado en renunciar a él (por temor a verse también obligados a dejar de lado la Palabra de Dios), que semejante doctrina es completamente contraria a las Escrituras y angustiosamente espantosa.

Toda la enseñanza de la Biblia con respecto al destino de los inicuos está resumido en tres palabras en Salmos 37:20: “Los impíos perecerán”; Pablo explica esto en Romanos 6:23: “La paga del pecado es muerte”. La muerte, la extinción de la existencia, es el resultado predeterminado de una vida pecaminosa: “El que siembra para su carne, de la carne segará corrupción.” (Gálatas 6:8). Que segar corrupción es equivalente a la muerte, es evidente a tenor de lo leído en Romanos 8:13: “Si vivís conforme a la carne, moriréis”…… o lo que es lo mismo, la corrupción produce la muerte, de modo que la una es equivalente a la otra.

Sin embargo, la cuestión es que tanto los justos como los inicuos mueren; por lo cual, se argumenta que debe haber alguna otra muerte aparte de la muerte física. La respuesta es que la muerte que todos los hombres experimentan no es una muerte judicial; no es la muerte final que sufrirán aquellos que sean responsables ante el juicio. La muerte ordinaria sólo pone fin a la vida mortal de un hombre, pues habrá una segunda muerte, final y destructiva. Cuando aparezca Cristo, los injustos se habrán de presentar para el proceso judicial y su sentencia de que, después de recibir el castigo que merezcan, serán destruidos en muerte, por segunda vez, por medio de una agencia violenta y divinamente gobernada. A esto se refiere Jesús cuando dice:

Todo el que (en la vida actual) quiera salvar su vida, la perderá (en la resurrección, en la segunda muerte); y todo el que pierda su vida por cause de mí y del evangelio, la salvará.” (Marcos 8:35).

Toda la enseñanza de la Escritura está en armonía con este tema, pues esto es lo que leemos en Malaquías 4:1:

Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Jehová de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama.”

También en 2 Tesalonicenses 1:9:

“... los cuales sufrirán la pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder.”

El Espíritu de Dios, hablando por medio de Salomón en los Proverbios, usa el siguiente lenguaje:

Como pasa el torbellino, así el malo no permanece; mas el justo permanece para siempre.” (Proverbios 10:25).

Y además, esto es lo que se lee en Proverbios 2:22:

Más los impíos serán cortados de la tierra y los prevaricadores, serán de ella desarraigados.”

David emplea la siguiente figura para el mismo propósito:

Más los impíos perecerán y los enemigos de Jehová, como la grasa de los carneros serán consumidos; se disiparán como el humo.” (Salmos 37:20).

Y leemos en Salmos 49:6; 11-14; 16-20:
Los que confían en sus bienes y de la muchedumbre de sus riquezas se jactan (......) Su íntimo pensamiento es que sus casas serán eternas, y sus habitaciones para generación y generación; dan sus nombres a sus tierras. Mas el hombre no permanecerá en honra; es semejante a las bestias que perecen. Este su camino es locura; con todo, sus descendientes se complacen en el dicho de ellos. Como a rebaños que son conducidos al Seol, la muerte los pastoreará, y los rectos se enseñorearán de ellos por la mañana; se consumirá su buen parecer, y el Seol será su morada (…...) No temas cuando se enriquece alguno, cuando aumenta la gloria de su casa; porque cuando muera no llevará nada, ni descenderá tras él su gloria. Aunque mientras viva, llame dichosa a su alma, y sea loado cuando prospere, entrará en la generación de sus padres, y nunca más verá la luz. El hombre que está en honra y no entiende, semejante es a las bestias que perecen.”

De su estado final, leemos en Isaías 26:14:

Muertos son, no vivirán; han fallecido, no resucitarán; porque los castigaste, y destruiste, y deshiciste todo su recuerdo.”

La enseñanza de estos pasajes se explica por sí sola; está expresada con una claridad de lenguaje que no deja lugar a mayor comentario. Es la doctrina expresada por Salomón cuando dice: “El nombre de los impíos se pudrirá.” (Proverbios 10:7). Los inicuos, que son una ofensa para Dios y una aflicción para ellos mismos y de ninguna utilidad para nadie, finalmente serán consignados al olvido, donde su nombre mismo desaparecerá. No escapan al castigo, pero de este y de aquellos pasajes que parecen favorecer la doctrina popular, trataremos en el siguiente capítulo.

El Infierno

Pero antes de continuar, permítanme la siguiente aclaración: el concepto bíblico del infierno está basado en la versión tradicional de la Biblia inglesa, la del rey Jaime, también llamada la Versión Autorizada de 1611. En esta versión, tanto la palabra hebrea “sheol”, en el Antiguo Testamento, como la palabra griega “hades” en el Nuevo, son frecuentemente representadas por el equivalente inglés de la palabra española “infierno”. En la versión Reina-Valera de 1960, esta traducción ha desaparecido y las palabras originales arriba mencionadas son casi siempre vertidas “Seol” y “Hades”, respectivamente. Sin embargo, se estima que el análisis que sigue puede ser de mucha utilidad para el lector de la Biblia castellana, ayudándolo a entender qué representan las palabras “Seol” y “Hades” que aparecen en la Biblia castellana moderna; dicho lo cual, prosigamos con el estudio.

Porque tal vez al lector le parezca que la palabra "infierno," según se emplea en la Biblia, presenta un obstáculo para las opiniones adelantadas en este capítulo. Si la palabra hebrea o griega original encerrara la idea que para la mente popular representa la forma castellana (“infierno”), la creencia popular sería demostrable, porque la palabra aparece con bastante frecuencia en la Biblia y se usa en relación con el destino de los inicuos. Pero las palabras originales no encierran la idea que popularmente se asocia con el término españolizado “infierno”. No tienen afinidad con el uso moderno que se les da. No se requiere que uno sea un erudito para entender esto. Un debido conocimiento de la Biblia proporcionará convicción sobre este tema, aunque la convicción indudablemente se refuerza con un conocimiento del griego o hebreo original. Por ejemplo, ¿qué puede decir el creyente tradicionalista de lo siguiente?:

Y (Mesec y Tubal y toda su multitud) ¿no yacerán con los fuertes de los incircuncisos que cayeron, los cuales descendieron al Seol (infierno) con sus armas de guerra y sus espadas puestas debajo de sus cabezas?.” (Ezequiel 32:27).

¿Es acaso necesario preguntar, si las almas inmortales de los hombres llevan consigo espadas y revólveres cuando descienden al infierno? Esto podrá parecer irreverente, pero muestra la naturaleza de este pasaje. El infierno de la Biblia es un lugar al cual los aparejos militares pueden acompañar a su dueño. La naturaleza y localidad de este infierno puede conocerse por una declaración que se halla sólo cuatro versículos antes del pasaje recién citado:

Allí está Asiria con toda su multitud; en derredor de él están sus sepulcros; todos ellos cayeron muertos a espada. Sus sepulcros fueron puestos a los lados de la fosa, y su gente está por los alrededores de su sepulcro.” (Ezequiel 32:22-23).

Las referencias señalan el modo oriental de sepulcro, en el cual se usaba una fosa o cueva como entierro: los cuerpos de los muertos se depositaban en nichos labrados en el muro. Como signo de honor militar, los soldados eran enterrados con sus armas y sus espadas eran puestas debajo de sus cabezas. Eso es, descendían al Seol (infierno) con sus armas de guerra.

Se verá que el Seol, o el infierno, es el sepulcro. Esto es obvio, por lo menos en lo que al Antiguo Testamento se refiere. La palabra original es “sheol”, que no significa más que un lugar oculto o cubierto. Por lo tanto, es una designación apropiada para el sepulcro, en el cual un hombre queda oculto para siempre de la vista. Todo uso de la palabra Seol (infierno) en el Antiguo Testamento, caerá dentro de esta explicación general. Con respecto al Nuevo Testamento, existe la misma sencillez y ausencia de dificultad. Por supuesto, la palabra original es diferente, ya que es griega en vez de hebrea; en griego en casi todos los casos es “hades”. Que “hades” es el equivalente griego del “sheol” hebreo, queda demostrado porque se le emplea como un equivalente de ella en la traducción griega de las Escrituras hebreas llamada la Septuaginta o “Versión de los setenta”; y también en el uso que le dan los escritores del Nuevo Testamento cuando citan versículos del Antiguo, donde aparece la palabra hebrea “sheol”.

Por ejemplo, en la profecía de David acerca de la resurrección de Cristo, citada por Pedro el día de Pentecostés, la palabra en hebreo es Seol y en griego es Hades. Compare Salmos 16:10, “Porque no dejarás mi alma en el Seol”, con Hechos 2:27, “Porque no dejarás mi alma en el Hades”. En este caso las palabras Seol y Hades simplemente significan el sepulcro, en vista de lo cual entendemos la idea principal del argumento de Pedro. Entendido como el infierno popular, no viene al caso en absoluto; porque la resurrección del cuerpo no tiene ninguna relación con la liberación de una supuesta alma inmortal del abismo de la superstición popular. Una consideración similar surge en 1 Corintios 15:55: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro (griego hades), tu victoria?”. Esta es la exclamación de los justos en referencia a la resurrección, como cualquiera puede ver al examinar el contexto. Nuestros traductores, percibiendo esto, han vertido la palabra griega “hades” como "sepulcro."

Gehena

Hay otra palabra traducida como “infierno” en la Biblia Reina-Valera de 1960, que no se refiere al sepulcro, pero que tampoco apoya la creencia tradicional. Esta palabra es “gehena”. Aparece en los siguientes pasajes: Mateo 5:22, 29-30; Mateo 10:28; Mateo 18:9; Mateo 23:15, 33; Marcos 9:43, 45, 47; Lucas 12:5; Santiago 3:6. En realidad, la palabra no se debió traducir. Es un nombre propio y como todos los otros nombres propios, sólo se debió transliterar. Es un compuesto griego que significa “el valle de Hinóm”. Calmet, en su Diccionario Bíblico, la define del siguiente modo:

GEHENA o valle de Hinóm (ver Josué 15:8; 2 Reyes 23:10), un valle contiguo a Jerusalén, a través del cual pasaban los límites sureños de la tribu de Benjamín.”

En tiempos antiguos el valle se usaba para la adoración del dios pagano Moloc, al cual Israel, lamentablemente mal guiado, ofrecía sus hijos en holocausto. Josías, en su celo contra la idolatría, dejó el valle a merced de la contaminación y lo designó como repositorio de la mugre de la ciudad. Se convirtió en el receptáculo de la basura en general y recibía los cadáveres de hombres y bestias. Para consumir la basura e impedir la pestilencia, en él se mantenía fuego ardiendo perpetuamente. En los días de Jesús, la mayor marca de ignominia que el consejo de los judíos pudiera infligir era ordenar que un hombre fuese echado al Gehena. En una de las profecías de Jeremías acerca de la restauración judía, la aniquilación de este valle del deshonor se predice en las siguientes palabras:

Y todo el valle de los cuerpos muertos y de la ceniza y todas las llanuras hasta el arroyo de Cedrón, hasta la esquina de la puerta de los caballos, al oriente, será santo a Jehová.”(Jeremías 31:40).

Este es el Gehena al cual los rechazados han de ser arrojados en el día del juicio. Que se haya traducido como "infierno," y de este modo haya favorecido al engaño popular, es sencillamente debido a la opinión de los traductores de que el antiguo Gehena era una representación del infierno en el que ellos creían. No hay base verdadera para esta suposición. Es la suposición sobre la cual están basadas las observaciones de Calmet, a pesar de su conocimiento del tema. Pertenecía a la escuela tradicionalista y cometió el común error tradicional de suponer que el punto de vista popular sobre el infierno era verdadero. Que primero se demuestre la realidad del infierno popular antes de que se use Gehena en el argumento. Si es una representación de algo, debe interpretarse como una representación del juicio revelado, más bien que de uno imaginado. Y el “infierno” popular es simple imaginación, basada en especulaciones paganas sobre los acontecimientos futuros. El juicio revelado está en verdad relacionado con el lugar llamado Gehena y es uno que tomará la misma forma del Gehena antiguo en lo que respecta a circunstancia y resultado.

Y saldrán (los que vengan a adorar en Jerusalén en la época futura) y verán los cadáveres de los hombres que se rebelaron contra mí; porque su gusano nunca morirá, ni su fuego se apagará y serán abominables a todo hombre.” (Isaías 66:24).

El lector puede observar una similitud entre estas palabras y las de Cristo en Marcos 9:48: “… donde el gusano de ellos no muere y el fuego nunca se apaga.” Estas palabras se citan frecuentemente para apoyar la idea de tormentos eternos, pero en realidad los desmienten. En primer lugar, debe admitirse que el gusano que no muere y el fuego que nunca se apaga son expresiones simbólicas. El gusano es un agente de corrupción que termina en la muerte. Por lo tanto, cuando se dice que su acción es inevitable, debe entenderse como indicación de que la destrucción se llevará a cabo sin remedio. La expresión no significa gusanos inmortales o fuego absolutamente inextinguible.

Un sentido limitado para una expresión aparentemente absoluta se encuentra frecuentemente en las Escrituras. En Jeremías 7:20, Jehová dice que su ira se derramaría sobre Jerusalén y sus habitantes y “se encenderán y no se apagarán”. También dice en Jeremías 17:27: “Yo haré descender fuego en sus puertas y consumirá los palacios de Jerusalén y no se apagará”. Esto no significa que el fuego no se iba a apagar nunca, sino que no había de apagarse sino hasta que hubiera cumplido su propósito. Se encendió un fuego en Jerusalén y sólo se apagó cuando la ciudad se hubo quemado hasta los mismos cimientos, del mismo modo a como se apaga una hoguera cuando agota la leña que la mantiene. Así también la ira de Dios ardió contra Israel, hasta que los eliminó del país, alejándolos de su vista; pero Isaías habla de un tiempo cuando la ira de Dios cesará en la destrucción del enemigo:

Porque todavía un rato muy corto... y la denunciación se habrá acabado y mi cólera, al desgastarse ellos.” (Isaías 10:25).

El mismo principio está ilustrado en el capítulo 21 de Ezequiel, versículos 3-5, donde Jehová declara que su espada saldrá de su vaina contra toda carne y no se envainará más. No es necesario decir que en la consumación del propósito de Dios, su amorosa bondad triunfará sobre la manifestación de su ira, el objeto de la cual es la extirpación del mal. En el sentido absoluto, pues, su espada de venganza volverá a su vaina, pero no antes de cumplir su propósito. De manera que el gusano que devora al inicuo desaparecerá cuando el último enemigo, la muerte, sea destruido y el fuego que consume sus restos podridos morirá con el combustible que lo alimenta; pero en relación con los inicuos mismos, el gusano no muere y el fuego no se apaga. Las expresiones se tomaron del Gehena, donde la llama y los gusanos se mantenían gracias a las acumulaciones pútridas del valle.

Castigo Eterno

La declaración en Mateo 25:46 pareciera estar más en favor de la doctrina popular, pero no es así cuando se examina: “E irán éstos al castigo eterno y los justos a la vida eterna”. Incluso interpretándolo como aparece en la versión castellana, este pasaje no define la naturaleza del castigo que ha de caer sobre los inicuos, sino que sólo afirma su perpetuidad. Su naturaleza se describe en todas partes como muerte y destrucción. ¿Por qué se debe llamar a esto “aionion” (traducido "eterno")? “Aionion” es la forma adjetival de “aion” o época y expresa la idea: “de la época”. Entendido de esta manera, la declaración sólo demuestra que en la resurrección los inicuos serán castigados con el castigo característico de la época del advenimiento de Cristo, que Pablo describe como de “eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder.” (2 Tesalonicenses 1:9). Los justos reciben la vida característica de la misma dispensación, una vida que Pablo declara que es inmortal (1 Corintios 15:53).

Es costumbre citar, en apoyo de los tormentos eternos, una declaración del Apocalipsis: “Serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.” (Apocalipsis 14:11; 20:10). A primera vista, esta forma de lenguaje parece apoyar la idea popular, pero no debemos quedar satisfechos con sólo mirarla superficialmente, porque la declaración forma parte de una visión simbólica y que ha de interpretarse simbólicamente en armonía con el principio de interpretación suministrado en la visión. Si el tormento apocalíptico “por los siglos de los siglos” fuera literal, entonces la bestia, la mujer con la copa de oro y el cordero de los siete cuernos y siete ojos, también serían literales. ¿Está el creyente tradicionalista dispuesto a reconocer esto? Sin duda, Cristo no tiene la forma de un cordero de siete cuernos, ni la de un hombre con un espada en la boca; sin duda, la falsa iglesia no es una prostituta literal, ni el perseguidor de la iglesia es un jabalí del bosque. Si estos son simbólicos, las cosas que se dicen de ellos también son simbólicas, y el tormento (o pena judicial, porque esta es la idea de la palabra griega “basanizo”) “por los siglos”, es el símbolo del triunfo completo, irresistible y final del juicio destructor de Dios sobre las cosas representadas.

Al no encontrar evidencia en las Escrituras, el creyente tradicionalista busca refugio entre los antiguos egipcios, los persas, fenicios, escitas, druidos, asirios, romanos, griegos y entre los más sabios y más célebres filósofos de que hay constancia. Toda esta gente, paganos supersticiosos e ignorantes de cada país; fundadores de la sabiduría de este mundo, que es necedad ante Dios (1 Cor. 1:20), pues todos estos creían en la inmortalidad del alma y por lo tanto, se supone que la inmortalidad del alma es verdadera.

¡Lógica extraordinaria! Uno pensaría que la opinión del ignorante supersticioso en favor de la inmortalidad del alma, indicaría que la probabilidad de que sea verdadera es más bien negativa que positiva. La Biblia no estima muy altamente a nuestros antepasados con respecto a sus opiniones y procedimientos en asuntos religiosos. Pablo habla del período anterior a la predicación del evangelio (refiriéndose a las naciones gentiles), como “los tiempos de la ignorancia” (Hechos 17:30). De la sabiduría que los hombres han desarrollado para sí mismos, a través del razonamiento de los más sabios y más célebres filósofos, él dice: “¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?”…… “Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios.” (1 Corintios 1:20; 3:19). Los hombres sabios debieran preferir estar del lado de Pablo.

Conclusiones

Pero muchos que una vez fueron tradicionalistas están perdiendo su tradición y están empezando a ver que la enseñanza de la Biblia es una cosa y la religión popular, es otra. El siguiente extracto de una obra publicada en América “La Teología de la Biblia”, por el juez Halsted, ilustra esto:

El reverendo Dr. Teodoro Clapp, en su autobiografía, dice que había predicado en Nueva Orleans un ferviente sermón acerca del castigo eterno; y que después del sermón, el juez W., el cual, dice él, era un eminente erudito, que había estudiado para el ministerio pero que había abandonado su propósito porque no pudo hallar la doctrina del castigo eterno y otros dogmas afines, le pidió que preparara una lista de textos en hebreo o griego en los cuales se basaba para tal doctrina. Entonces el doctor hizo un detallado recuento de sus estudios en procura de textos para entregar al juez; empezó con el Antiguo Testamento en hebreo, y prosiguió su estudio durante aquel año y el siguiente; pero fue incapaz de hallar allí ni siquiera una alusión a algún sufrimiento después de la muerte; en el diccionario del idioma hebreo no pudo discernir ni una palabra que se refiriera al infierno, o a algún lugar de castigo en un estado futuro; no pudo hallar ni un solo pasaje bíblico, en forma o en fraseología, que ofreciera amenazas de castigo más allá de la sepultura; y para su asombro final, resultó que los más conocidos eruditos tradicionalistas estaban perfectamente familiarizados con estos hechos.

Se vio obligado a confesarle al juez que no podía presentar ningún texto hebreo; pero que aún tenía plena confianza en que el Nuevo Testamento suministraría lo que él había buscado sin éxito en Moisés y los profetas; prosiguió su estudio del Nuevo Testamento griego durante ocho años; el resultado fue que no pudo nombrar ni una porción de él, desde el primer versículo de Mateo hasta el último de Apocalipsis, el cual, bien interpretado, afirmara que una porción del género humano sería eternamente atormentada. El doctor concluyó diciendo que era un hecho importante y sumamente instructivo que hubiera sido llevado a su actual criterio (repudio del dogma popular) sólo por la Biblia: un criterio que se opone a todos los prejuicios de su vida anterior, de precepto paternal, de escuela, seminario teológico y casta profesional.”

Sí, la Biblia y los seminarios teológicos están en desacuerdo sobre este importante tema. Los seminarios alumbran el futuro de los inicuos con un espeluznante horror, que los dignos del género humano aún ahora sienten que es un gran obstáculo para la satisfacción de las esperanzas de los justos. ¿Cómo podrá haber gozo y alegría perfectos, sabiendo que reina fiera desesperación entre millones de atormentados en otro lugar? La Biblia nos da un futuro glorioso, no estropeado por semejante mancha. Presenta un futuro libre del mal, un futuro de gloria y gozo eterno para los justos y de aniquilación para todos los indignos del género humano…… un futuro en el cual la sabiduría de Dios, combinará la gloria de Su Nombre con la mayor felicidad de todos los sobrevivientes de la raza humana.

Learsi


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